18/5/10

Una Tribuna para voces del decoro

Arrogancia presidencial, un tema que trata Miguel Bahachille



La libertad informativa y la elección personal son las defensas más poderosas esgrimidas por la sociedad venezolana para preservar el statu quo instaurado desde 1958 y apuntalar el ascenso social y económico logrado desde entonces hasta 1998. Progreso que no se hubiese alcanzado sin el soporte de los sistemas de propiedad y producción privados. El respeto por la diversidad, como ocurre en países libres, estimuló concepciones y prácticas modernas sobre las formas de lucro y, sobre todo, de comunicación. Juicios que el régimen chavista, por su talante militar, se resiste a aprender o no las entiende.

La arrogancia del "jefe del Estado" al increpar a la periodista Adriana Núñez quien legítimamente formulaba un pregunta de plena vigencia informativa revela el grado de arrogancia de un fabulista que se jacta de su origen humilde. Según el juicio informativo chavista esta profesional universitaria legítimamente titulada en educación superior, debería preguntar cuestiones que no perturben la sublimada estampa del Presidente. La licenciada Núñez se acogió a los principios éticos de su profesión lo que no hizo el entonces Teniente Coronel cuando en 1992 encabezó un dolorido golpe de Estado. ¿Cuál de los dos respetó los principios éticos de sus respectivas profesiones?

Las ideas habitualmente recurridas por los conductores del régimen, encabezado por el Presidente, intentan racionalizar modelos pseudo institucionales orientados a distraer la atención de los asuntos trascendentes y ocultar las agudas insuficiencias que el país padece como de agua, electricidad, seguridad, inflación. Como si fuera poco, las confiscaciones masivas obstruyen los parajes democráticos idóneos para viabilizar un integral desarrollo humano.

El Presidente se especializa en manipular los sistemas informativos en vez de gobernar. Las decisiones "trascendentes" son decretadas desde "Aló Presidente" mediante el método "aquí y ahora". No planifica ni intercambia criterios. Desde ese subyugado espacio emite compulsivamente los "veredictos de Estado" en cualquier dirección. Obviamente los albures que suelta son evanescentes y desprovistos de un orden perdurable. Con ello busca socavar la comprensión. Mientras se atosigaba y arremetía contra el fondo de la pregunta formulada por la joven periodista su subconsciente buscaba omitir lo esencial: la presencia cubana en la Fuerza Armada Nacional.

La fábula divulgada por Chávez acerca de la neutralidad de su régimen, de los medios que controla y de los sistemas educativo y judicial, desprovistos de intenciones violentas, se desnuda ante hechos como el encarcelamiento de Oswaldo Álvarez Paz en una mazmorra así como los denuedos iracundos contra la periodista Núñez. Esos despropósitos están siendo censados mundialmente no obstante la mudez de algunos como el presidente Lula de Brasil, del jefe de gobierno español, Rodríguez Zapatero, y del balbuceante secretario general de la cada vez menos útil OEA, el inefable Insulsa. Ello obedece a la parte sombría del subconsciente mercantilizado de esos heterodoxillos.

La sociedad venezolana siempre pugnó por lograr la fe en las instituciones claves. Parte de lo avanzado desde 1958 se perdió en la arrebatiña instaurada hace 11 años. La corrupción, impostura y deshonestidad, cuando afloran por el coraje de los medios, se atribuyen a la debilidad humana o a las tachas del capitalismo. Chávez vive vociferando que sólo la solidez de su revolución puede garantizar la estabilidad social. Las instituciones no cuentan. Basta con su figura exaltada por los lisonjeros que lo merodean. ¿Es ese el modelo buscado o debemos comenzar a cambiarlo el 26 de septiembre?

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