25/11/12

¿Y si Afiuni fuera tu mamá?



Hay noticias que me dejan el cuerpo como si le hubieran arrancado el espíritu de cuajo. Es la una de la madrugada y no he podido conciliar el sueño. Hay imágenes que me golpean en la cabeza más fuertemente que un porrazo. La historia de lo vivido por María Afiuni narrada resumidamente en una escueta nota de prensa basada en el libro de Francisco Olivares me retumba en la mente, me eriza la piel, me anega los ojos y me agua los mocos.
Es que no puedo entender, no quiero ni siquiera intentar entender cómo es posible que en Venezuela, a estas alturas del siglo XXI una mujer tenga que, además de sufrir cárcel, en las condiciones en que literalmente se sufre la cárcel en este país, tenga que pasar por torturas, humillaciones, sufrimientos, vejaciones, que parecen de mediados o finales del siglo XVIII o principios del XIX.
En la cabeza se me cruza la imagen de la jueza con la de Luisa Cáceres de Arismendi. Presa, torturada, enferma, preñada.
Cierro los ojos y puedo verla tocada por esas cochinas manos, de asquerosos hombres que se suponía tendrían que velar por la vida y la integridad de la prisionera. Me la imagino inerme, impotente, con los ojos cerrados derramando lágrimas y los puños apretados hasta hacer sangrar con sus uñas las palmas de las manos, mientras los enfermos guardias sacian su lascivia, calman su animalidad, con el cuerpo tenso y aterrado de la pobre mujer indefensa.
En mi cabeza masculina no cabe que en una prisión que tiene al frente de su administración a una mujer pueda pasar semejante atrocidad sin que esa mujer directora saliera indignada, ofendida y aterrada a clamar justicia para los victimarios. Cómo puede poner esa mujer la cabeza en la almohada todas las noches y conciliar el sueño sabiéndose cómplice de ese horror.
¿Cómo puede el Presidente Chávez mirar a la cara a sus hijas, a su madre, hablarles, sin sentir vergüenza, sin pensar al verlas que cualquiera de ellas podría haber sido la que en una cárcel fuese violentada? Si yo fuese Chávez y mis hijas o mi madre me hablasen después de conocer los hechos sucedidos en el INOF contra la humanidad de Afiuni, tendría que voltear a mirar a otro lado porque, si las mirase a la cara, vería la imagen mancillada de la jueza y en sus pupilas vería el horror que se debió reflejar todos los días en los ojos de la jueza.
¿Es que Chávez, Tarek, los fiscales del Ministerio Público, los jueces, los guardias que no participaron de los hechos; nacieron de una mata de yuca? ¿No tienen madre, hijas, hermanas, tías, sobrinas? ¿Serán capaces de cerrar los ojos por un segundo e imaginar que a quien violan, a quien atacan con hojillas, quien pierde una criatura tras las rejas es una de ellas? ¿Qué el cuerpo que se enferma hasta producir miomas como muestra y reacción ante el horror sufrido es el de una de las mujeres queridas de su familia?
¡Coño! Yo no sé si María Afiuni es culpable de lo que se le acusa. Lo que sí sé es que ningún ser humano se merece pasar por la tortura y la violación.
No cre0 que el cuerpo me dé para leer el libro de Olivares; pero quisiera que quien lea este grito de desahogo que escribo para ver si después puedo conciliar el sueño sin que me persiga en pesadillas el horror de María Afiuni en el INOF, piense, por un solo segundo, qué sentirían si la Jueza torturada fuese su mamá. Me gustaría que mis amigos y, especialmente, mis amigas que son chavistas, me digan si, después de conocer lo que pasó la jueza en su encierro, una historia de la que el presidente tiene conocimiento desde hace tiempo, pueden seguir apoyándolo a él y a su gobierno sin sentir un poco de vergüenza y piedad.

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