15/11/09

Carcoma Bolivariana

"Chávez es infalible hasta que él reconoce un error que sólo él puede
reconocer"

La epopeya chavista vive un momento de inmenso agotamiento. Tanto pujar y
pujar por la gloria, por la historia y la posteridad para obtener, al final,
esta lombriz roja. Tanto esfuerzo para que la era pariera un corazón y sólo
ha alcanzado a parir un ratón. Tantas palabras vertidas por la primera
garganta de la República para que terminara en esas lamentables parodias en
las cuales regaña a la viceministra Dominga, tartamuda por la furia inútil
de quien es responsable de su descalabro. Tanta guerra contra Colombia para
terminar con ese desangelado "¿Quién dijo guerra?, ¿yo?, yo no fui"

No comprende que el fracaso de sus subordinados es irrevocablemente suyo, y
que el peligro más inmediato de su mando no viene de afuera sino de los
intestinos bolivarianos. Lo presiente, por eso está como está. La congoja
tiene sus razones, más aún cuando la "Operación Honduras" se le transformó
en fiasco, y Zelaya termina acurrucado y empollado por el águila imperial.
Lentamente los aliados del ALBA colorada tuercen su mirada y algo parecido
al crepúsculo se les insinúa.

La enfermedad de Chávez no es la gripe ni un tracto digestivo rebelde ni la
guerrilla neurológica que le ataca por mampuesto y por los polos, sino la
anestesia de la estructura que lo ha empinado. Una de sus mayores
incomprensiones es la referida al debate. El debate no sólo es esencial a la
democracia sino también a los autoritarismos estables, la diferencia es que
la democracia lo hace en la plaza pública y los comunistas en el Comité
Central, pero se debate aunque sea entre los escogidos miembros del
politburó. Chávez no entiende que los comunistas cubanos, los mismos que
reprimen la discusión abierta, muchas veces se han fajado en discusiones
sobre diversos asuntos de Estado; hay límites no traspasables, pero hay
discusiones.

En el caso de los autoritarismos personalistas ese forcejeo no es posible
porque se asume como un cuestionamiento al autócrata. El resultado es que el
jefe acierta mientras interpreta correctamente el momento, pero cuando los
sensores se le entumecen viaja en las sombras y sin instrumentos. Puede que
divise el aeropuerto si el cielo se despeja, pero si no, aterriza de barriga
si es que la impericia no lo lleva a la compañía de los ángeles negros y del
propio Lucifer.

Nadie puede decir nada que contradiga a Chávez. No es de buena educación
darle malas noticias. No está tolerado decir "mira Hugo, no seas torpe, no
sigas por ese camino". Ni siquiera asomar "señor Presidente, ese ministro es
un inútil" o "ese funcionario hay que sustituirlo" . Nada. Él es infalible
hasta el momento en que él reconoce un error que sólo él puede reconocer,
envuelto en un tramposo "nosotros&" que lo encubre. Y cuando lo admite
sustituye a inútil A por inútil B que a su vez ha sido sustituido por inútil
C. Nadie debe saber nada sino ser obediente. El mérito se hace insultando al
"enemigo", jamás desafiando la sabiduría convencional, incluida la del
caudillo.

No es que todos sean lerdos o brutos. Hay gente inteligente entre los
colaboradores de Chávez, sólo que sobreviven si disfrazan esa característica
o la usan para el halago. Como el caso del diplomático que le dice:
"permítame que discrepe de usted Presidente, pero usted no se da cuenta de
su propia estatura histórica y universal". Esa "discrepancia" equivale a un
templón con baranda y columpio incorporado.

El tinglado está montado para evitar decirle a Chávez que el fracaso de sus
colaboradores es el resultado de sus decisiones.

La ausencia de canales e instrumentos hace que el descontento se consolide,
paradójicamente, en las figuras que se ven como más cercanas y con más poder
al lado de Chávez. Inicialmente fue Luis Miquilena quien era de los pocos
que le cantaba las cuarenta; a su alrededor se nucleó la desilusión inicial.
Una vez salido del Gobierno por su propia voluntad, pareció que la persona
que iba a recoger ese enfado era José Vicente Rangel, quien trató, pero
jamás pudo siquiera articular una protesta ante Chávez y ahora menos que
nunca. Jorge Rodríguez tuvo el atrevimiento de hacer un amago y fue
rápidamente conminado a volver a su cubil. Salvo Miquilena, ninguno tenía la
voluntad de desafiar a Chávez pero se convirtieron en el polo de atracción
de los que querían constituir una alternativa (el famoso "chavismo sin
Chávez"). Desde hace algún tiempo los decepcionados se le van pegando a
Diosdado Cabello, quien tiene mayor poder militar, financiero y
administrativo que cualquier otro funcionario del régimen después de Chávez,
y con una pelea casada y sin regreso con la tribu que regenta Pdvsa.

Cabello ha sido el más obsecuente seguidor de Chávez, lo que es difícil en
una competencia tan brava, con tantos rivales, y ha recibido de éste las
oportunidades para construir su propio subimperio bolivariano; pero
exactamente esa condición lo ha colocado como el atractor fatal de los
quejosos dentro del aquelarre. Así se explica por qué Chávez rítmicamente lo
eleva y lo hunde, lo ensalza y lo critica; le da posiciones para que haga el
trabajo sucio y le pone límites para que no se crea más de lo que es. El
garrote y la zanahoria, o el garrote y el atún o el garrote y las aduanas.

A veces Chávez pareciera harto de éste y otros colaboradores, tal vez alguna
voz caritativa debería aconsejarle que en el contexto de su decadente
dominio siempre habrá alguien que reciba el susurro de los susurrantes. Sin
instituciones, sin diálogo, sin debate, Chávez no puede sino luchar contra
la marea que exige su relevo, la azul y la roja. Una abrasa desde afuera y
la otra quema desde adentro.

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Todos los pueblos del mundo que han lidiado por la libertad,han exterminado
al fin a sus TIRANOS ". Simon Bolivar ...24 de marzo de 1814.

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