Las mentiras oficiales quedan al desnudo, de un solo golpe. Se les ve la fea costura. Se desploman con pesado estrépito y asombro.
Antes la palabra absoluta del mandamás, y sus gestos grandilocuentes, así como sus volcánicos delirios, calzaban con una promesa que él se encargaba de renovar todos los días, a fuerza de retórica, de torcimientos de la realidad, mientras la mayoría del pueblo venezolano se aferraba a la ilusión. Lucía postrado a sus pies. Creía, o quizá atraído por una falsa redención social, necesitaba creer, por encima de todas las cosas, en la buena intención de aquel mesías socialista.
Pero once años, casi, han pasado. Demasiado tiempo para sostener en pie una apariencia, un engaño. Es un lapso que ya supera dos períodos presidenciales de los de antes. Aunque tardío, el desencanto cunde ahora con su poderosa acción corrosiva, y perfora los estratos populares, impenetrables territorios rojos hasta ayer. Del todo comprensible. En los Estados Unidos, apenas un año después de su mística y deslumbrante elección, un desangelado Barack Obama encara por estos días la feroz mordida de la impaciencia colectiva.
En nuestro caso, era lógico esperar que a quien se obstinara en asumir todos los poderes hasta juntarlos bajo su puño, se le exigieran más respuestas, más milagros obrados. Pero aquí no se trata sólo del desencanto ante lo no hecho. Es, asimismo, el trágico balance de una gestión gubernamental errada, inepta, despilfarradora y, para colmo, perversa.
Un país a oscuras y sin agua. El sistema eléctrico destrozado. Los taladros petroleros inoperantes, por la misma falta de inversión, al igual que las empresas básicas, quebradas y sumidas en caos laboral. Qué decir de las escuelas y de los hospitales. Y de las carreteras sin mantenimiento. La inseguridad con manchas de muerte, la negligente complicidad en el avance de la guerrilla, la propagación del cobro de "vacunas", los secuestros.
Coloque usted todo eso encima del azote de la inflación. Los evidentes signos de pobreza y estómagos vacíos, con los cuales no hay rodilla en tierra que valga.
A la verborrea, inflamada e infamante, sólo le queda el recurso desesperado de desgañitarse ante eventuales agresiones foráneas que nadie avizora, liberar insultos distraccionistas, entablar pleitos, invocar guerras maniáticas, desmentidas cuando ya los tanques se habían movilizado.
Es el desconcierto propio del extravío. El retrato exacto de la decadencia. El desbarajuste que sigue siempre a la esperanza perdida. En suma, el principio del derrumbe final. Lo esperado por unos. Lo temido por otros. Lo presentido por todos.
El Impuslo.com
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