
En la propia Venezuela, casi tanto como en Colombia o incluso más, se han recibido con sospecha las proclamas belicistas y los llamados a la guerra del presidente Chávez. Muchos han señalado que esta actitud obedece a la caída histórica que en los meses recientes ha sufrido su popularidad: un descenso de 11 puntos en este año.
Otros, como el ex canciller Fernando Ochoa Antich, han advertido que Chávez busca propiciar situaciones que le permitan atacar y perseguir a los gobernadores de los estados Táchira y Zulia, estados que limitan con Colombia, y que actualmente están gobernados por importantes opositores. Y en general, muchos coinciden en advertir sobre la gravedad de la situación interna del país, y sobre el riesgo de que, como han hecho en el pasado otros gobernantes autoritarios, se utilice el recurso a un conflicto exterior para hechizar a la población, de modo que se preste menos atención a los problemas propios del país. Problemas que, en el caso de Venezuela, muestran ya un cuadro generalizado y sistemático de deterioro, en particular en la economía
El más grave síntoma en dicho cuadro es la inflación, ese inmisericorde indicador económico que castiga a la población, en especial a los más pobres, con una disminución gradual y sostenida de su capacidad de compra por causa de los aumentos de precios. En lo que va corrido del año, la inflación registra ya una cifra de 20 por ciento; los alimentos han subido un 16 por ciento. The Economist estima que al final del año la inflación será de 27 por ciento. El Consejo de Economía Nacional de Venezuela prevé una cifra del 30 por ciento, y la organización gremial Conindustria vaticina un 35 por ciento. Cualquiera de estas cifras sería de considerable gravedad, y sin duda elevaría la inconformidad de la población, cuyo poder de compra, pese a los ajustes salariales decretados por el Gobierno, ha caído un 5 por ciento según el Banco Central. El Consejo Nacional de Economía considera que dicho poder de compra habrá caído en un 15 por ciento al final del año.
Como si esto no fuera bastante, Venezuela experimenta una desaceleración significativa. Tan grave es, que el Gobierno espera tan solo un crecimiento de 0,5 por ciento en 2010. Las proyecciones de The Economist para ese año, sin embargo, pronostican una caída del 3,4 por ciento, mayor incluso a la que espera para este año (3 por ciento). A junio de 2009, la producción industrial había caído en un 12 por ciento. Y la capacidad productiva del país ha sido golpeada por varios factores: las reformas legales adversas a la empresa privada, y las amenazas constantes de expropiación; y también, sin duda, por el más reciente de los problemas que asedian a la economía venezolana: la crisis en la provisión de agua y energía
Esa insólita circunstancia, en un país que es potencia petrolera y que tiene considerables reservas hídricas, no solo ha perjudicado al ciudadano en su vida cotidiana, sino que ha creado enormes dificultades para las empresas. Conindustria declaró que, por esta causa, el 51 por ciento de sus afiliados ha visto afectada su labor productiva. Y como si la propia crisis de suministro no fuese bastante grave, el Gobierno planea obligar a muchas industrias y establecimientos a generar su propia energía. Esto, además de imponer costos adicionales al sector productivo, es testimonio de la incapacidad que el propio sistema energético venezolano exhi-
be hoy, incapacidad que no tiene otra causa que la mala administración, manifestada en inversiones insuficientes. Mayor debe ser el desconsuelo cuando se observa que parte importante de la respuesta gubernamental es una serie de consejos pintorescos por parte del propio Jefe de Estado, quien hoy dice a los venezolanos cuánto debe durar su baño diario, y cómo deben iluminar sus visitas nocturnas al excusado.
Otros indicadores puntuales son elocuentes sobre la magnitud de la crisis. Caracas es, hoy, la ciudad con el mayor número de homicidios por habitante en el mundo entero. Las exportaciones no tradicionales han caído a niveles de los años noventa, lo cual es prueba, entre otras cosas, de que la economía venezolana cada vez depende más del petróleo. Por otro lado, las célebres ‘misiones’, uno de los programas bandera de la “revolución bolivariana”, ven hoy comprometido su financiamiento, y para el próximo año solo hay fondos garantizados para la mitad de aquellas que dependen del presupuesto nacional. Hay otras, cuya financiación depende de la estatal petrolera PDVSA, sumida en la improductividad y en la ineficiencia, y sobrecargada de tareas ajenas a su naturaleza
Cosa que está a punto de sucederle al Banco Central de Venezuela tras la reforma que acaba de sufrir: en varias declaraciones, el presidente Hugo Chávez ha dejado en claro que dicho banco debe dedicarse a financiar todo tipo de proyectos de corte político, lo cual hará que se debilite y que no pueda ejercer fielmente las funciones propias de una sana banca central.
Y así, mientras los precios suben, las luces se apagan y el agua no llega, y la economía se desacelera, los ciudadanos venezolanos no dejan de preguntarse por qué, en lo que va de 2009, el gobierno de Hugo Chávez ha gastado 1.500 millones de dólares en ayudas económicas a Cuba.
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