Fidel se reivindicó lavando con sangre ajena lo que no eran sino sus propios pecados
El 13 de julio de 1989 el general Arnaldo Ochoa, héroe de la guerra en Angola y combatiente contra la dictadura de Fulgencio Batista en el oriente cubano, fue ejecutado, mediante fusilamiento, luego de un juicio en el cual lo encontraron culpable de tráfico de cocaína, diamantes y marfil. Ochoa,
quien era el militar más popular de la isla y había combatido con la guerrilla venezolana durante los años 60, murió reconociendo sus delitos, solicitando que se le castigara con la pena de muerte y según declaró al Tribunal de Honor, destinando sus últimos pensamientos "a Fidel", actitud típica de muchos jerarcas de los regímenes comunistas que terminan cayendo en desgracia.
En su obra Dulces Guerreros Cubanos, el escritor Norberto Fuentes atribuye el juicio contra Ochoa al temor que sentía Fidel Castro hacia un hombre que posiblemente era el único que le podía disputar el poder. Una buena razón para liquidarlo, pero no la única porque efectivamente Ochoa, junto con los
hermanos La Guardia (Patricio y Tony), legendarios militares y hombres de confianza de Castro, estaban involucrados en toda clase de manejos inescrupulosos que iban más allá de sus tratos con los capos mexicanos y colombianos del narcotráfico. Tony había sido uno de los responsables del Departamento de Monedas Convertibles y por mucho tiempo tuvo acceso directo
al "uno", así designaba a Fidel, quien, según Fuentes, le garantizó la vida durante el mes que permaneció en cautiverio antes de su fusilamiento con Ochoa.
Ochoa y los Laguardia constituían una clase especialísima entre los cubanos habituados aun tren de vida espléndido y a un mundo donde los negocios y los placeres se confundían con los hechos de la guerra que hacían en África. Fuentes narra cómo, luego de comunicarle a Ochoa que Raúl Castro le mandaba
a preguntar que había hecho con unos 200 mil dólares destinados al gobierno nicaragüense nunca llegados a su destino, éste le respondió que "Yo no soy un hombre de 200 mil dólares. Ni de 1 o 2 milloncitos de dólares. Yo soy un hombre de no menos de 900 millones". Apunta el escritor cubano, que Ochoa y los Laguardia actuaban bajo el conocimiento y control de Castro, quien una vez el asunto salió a la luz pública preguntó (según denuncia otro escritor cubano, Carlos Franqui): "Pero, ¿quiénes son esos hermanos La Guardia?
Así, dando ante el mundo una demostración terrible y ejemplarizante de cómo la justicia revolucionaria castiga a sus más amados hijos cuando éstos extravían el camino y se dejan llevar por las aberraciones capitalistas de la codicia y la corrupción, Fidel Castro se reivindicó ante los cubanos lavando con sangre ajena lo que no eran sino sus propios pecados.
Nota: "Cualquier semejanza con la realidad venezolana actual no resulta sino una mera coincidencia" .
El 13 de julio de 1989 el general Arnaldo Ochoa, héroe de la guerra en Angola y combatiente contra la dictadura de Fulgencio Batista en el oriente cubano, fue ejecutado, mediante fusilamiento, luego de un juicio en el cual lo encontraron culpable de tráfico de cocaína, diamantes y marfil. Ochoa,
quien era el militar más popular de la isla y había combatido con la guerrilla venezolana durante los años 60, murió reconociendo sus delitos, solicitando que se le castigara con la pena de muerte y según declaró al Tribunal de Honor, destinando sus últimos pensamientos "a Fidel", actitud típica de muchos jerarcas de los regímenes comunistas que terminan cayendo en desgracia.
En su obra Dulces Guerreros Cubanos, el escritor Norberto Fuentes atribuye el juicio contra Ochoa al temor que sentía Fidel Castro hacia un hombre que posiblemente era el único que le podía disputar el poder. Una buena razón para liquidarlo, pero no la única porque efectivamente Ochoa, junto con los
hermanos La Guardia (Patricio y Tony), legendarios militares y hombres de confianza de Castro, estaban involucrados en toda clase de manejos inescrupulosos que iban más allá de sus tratos con los capos mexicanos y colombianos del narcotráfico. Tony había sido uno de los responsables del Departamento de Monedas Convertibles y por mucho tiempo tuvo acceso directo
al "uno", así designaba a Fidel, quien, según Fuentes, le garantizó la vida durante el mes que permaneció en cautiverio antes de su fusilamiento con Ochoa.
Ochoa y los Laguardia constituían una clase especialísima entre los cubanos habituados aun tren de vida espléndido y a un mundo donde los negocios y los placeres se confundían con los hechos de la guerra que hacían en África. Fuentes narra cómo, luego de comunicarle a Ochoa que Raúl Castro le mandaba
a preguntar que había hecho con unos 200 mil dólares destinados al gobierno nicaragüense nunca llegados a su destino, éste le respondió que "Yo no soy un hombre de 200 mil dólares. Ni de 1 o 2 milloncitos de dólares. Yo soy un hombre de no menos de 900 millones". Apunta el escritor cubano, que Ochoa y los Laguardia actuaban bajo el conocimiento y control de Castro, quien una vez el asunto salió a la luz pública preguntó (según denuncia otro escritor cubano, Carlos Franqui): "Pero, ¿quiénes son esos hermanos La Guardia?
Así, dando ante el mundo una demostración terrible y ejemplarizante de cómo la justicia revolucionaria castiga a sus más amados hijos cuando éstos extravían el camino y se dejan llevar por las aberraciones capitalistas de la codicia y la corrupción, Fidel Castro se reivindicó ante los cubanos lavando con sangre ajena lo que no eran sino sus propios pecados.
Nota: "Cualquier semejanza con la realidad venezolana actual no resulta sino una mera coincidencia" .
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