La furia de las abejas
DAVID CERQUEIRO RODRÍGUEZ
Había una vez un árbol muy grande y frondoso que daba toda clase de frutos deliciosos durante todas las temporadas, cuyas ramas se extendían larguísimas expandiendo una amplía y acogedora sombra que abarcaba a todo aquel que quisiera reposar bajo ella.
Esté árbol era tan especial y tan exótico, que muchos cruzaban el océano entero por meses, solo para acudir a su sombra y a la acolchada grama uniforme que sobre sus raíces crecía. Gentes de todas partes, incluso, abandonaban sus propios árboles permanentemente para venir a deleitarse con los frutos y la sombra de este árbol, que parecía invencible y eterno.
Con el pasar lento de los años este árbol creció en su tronco principal un enorme panal de abejas, el cual crecía más con cada año. Al comienzo, los habitantes del árbol no hicieron caso de aquel panal, al cual veían como algo natural que todo árbol, y más aún uno tan fructuoso, debía tener. Pero llegó un momento en que aquel panal había alcanzado un tamaño descomunal, y algunos hasta aseguran que llegó a ser casi tan grande como el mismo árbol.
No obstante, los habitantes del árbol aprendieron con el tiempo a convivir con aquel panal, del cual extraían una rica y dulcísima miel que chorreaba abundante por los poros de su colmena. Esta miel era tan especialmente rica y tan abundante, que los habitantes del árbol vivían exclusivamente de ella, pues todo el mundo quería probar su adictiva dulzura. Mientras esto ocurría año tras año, los frutos del árbol caían espontáneos sobre la grama, y desaparecían podridos bajo las pisadas indiferentes de los habitantes del árbol quienes no tenían más ojos que para la hipnotizante miel de aquel panal, que ya para entonces era percibida como una especie de maná sagrado.
La sombra del árbol, la cual era muy tibia y peculiar, también comenzó a encogerse, pues las ramas muertas del árbol ya nadie las podaba como antes y la frondosa copa que alguna vez fungió de cielo para muchos, se estaba convirtiendo en una especie de triste esqueleto expuesto e insuficiente.
Sin embargo nada de esto importó mucho a los que vivían en el árbol, porque aquella miel, que era la envidia de las gentes de otros árboles, parecía no acabarse nunca y cada día aparecían más y más abejas que la producían sin cesar. Como por arte de magia.
Pero un día ocurrió algo insólito. Algo que nadie esperaba, aunque algunos pocos hacía rato que lo avecinaban con timidez: Alguien decidió, arrastrado por no se sabe muy bien cuáles motivos, tirarle una enorme piedra a aquel frágil y monstruoso panal. Una piedra aventada de tal manera, que la colmena que por casi un siglo había alimentado a varias generaciones con su pegajosa miel, se derrumbó de facto en fragmentos irreparables, que no solo desbordaron la preciada miel sobre la tierra sedienta, sino que liberaron, por primera vez, aquello que nunca nadie se había tomado la molestia de considerar, seriamente, hasta entonces: las abejas.
Así, de aquel arruinado panal emergió un feroz enjambre asesino, que volaba más rápido que el sonido de su tenebroso zumbido, una nube de tormenta oscura y cerrera que conquistó todo el espacio en cuestión de segundos. Los habitantes del árbol, aterrorizados, corrían por sus vidas a las copas de otros árboles lejanos; algunos alérgicos tuvieron que aprender a respirar bajo el agua para escapar de la asfixiante plaga y otros, sencillamente, no les quedó otra que tratar de esquivar las abejas entre el ardor de las picaduras.
Muchos perecieron bajo los aguijones agresivos de aquellas abejas nerviosas, quienes sencillamente atacaban cualquier cosa que se moviese. Familias enteras se vieron destruidas, comunidades desmembradas y las instituciones desvalidas ante aquella hecatombe. Las abejas habían sido despertadas de un histórico letargo, el cual reclamaba ahora, a la frecuencia de aquel ensordecedor zumbido mortal, el contrapeso natural de las cosas.
Y aquel árbol nunca más fue el mismo.
Hoy en día casi nadie vive en él, porque los que permanecieron junto a su tronco no se atreven a llamar vida al banquete de sobras con el que los dejaron. Ya sus frutos no son tan abundantes y su sombra, rasgada por la incidente y calurosa luz del trópico, solo arropa a algunos que logran mantenerse a punta de un difícil y valiente equilibrio entre los escombros del desastre y las expectativas.
Dicen que las abejas se han calmado, pero que todavía reinan. Y muchos de los que corrieron por sus vidas, desde lejos ven las ruinas de aquel árbol con un respeto nuevo, con una añoranza por las generosas frutas que antes daba y con una agridulce nostalgia por su sombra única. Al igual que los que se quedaron, hinchados de picadas y ronchas.
Sin embargo, el árbol todavía da frutas buenas, aunque pocas, y todavía crece hojas y ramas, aunque ya no tan largas. Y los que recuerdan los buenos días del árbol, hablan mucho de cómo reconstruirlo y de cómo rescatarlo. De algún día volver a su familiar sombra y permanecer cubiertos por ella, aunque entendiendo ahora que para vivir de la miel, hay que saber llevarse con la furia de las abejas.
Mi palabra es la ley
Juan Carlos Apitz
Según nuestra cultura jurídica originada en la época de la colonia española y consolidada a través de la acogida del ideario constitucional de la ilustración durante el período de la independencia, en Venezuela el derecho es objeto de una percepción ambivalente por los ciudadanos. De una parte suscita desconfianza, recelo, rebeldía o simplemente falta de autoridad cuando se trata de acatar las normas que regulan la vida cotidiana. Las cargas impuestas por el derecho a los individuos prevalecen, bajo la percepción de su dimensión protectora o emancipadora. Ahora bien, los derechos del Estado opacan el catálogo de los derechos de los ciudadanos. La ciudadanía es más un deber que un derecho. Así se origina un comportamiento ciudadano complejo y dispar: la obediencia a la ley es a menudo excluida, negociada, o en el mejor de los casos, adaptada a cada nueva situación.
De aquí la existencia en Venezuela de numerosos ambientes con una dinámica legal muy particular, a menudo caracterizados por la rebelión individual e incluso colectiva contra el derecho y el Estado. De otra parte, sin embargo, el derecho despierta esperanza y confianza cuando se trata de crear o de reformar el pacto social con miras a una sociedad más justa. Esta ambivalencia está vinculada con la incapacidad de la ley para permear los comportamientos sociales de tal manera que se crea una brecha casi insalvable entre el derecho escrito y la realidad social.
Nuestra cultura jurídica es también reflejo del tipo de Estado que ha prevalecido en Venezuela y de la relación que éste mantiene con el entorno social. El Estado venezolano posee una fortaleza jurídica, y a veces militar, que contrasta con su debilidad política e institucional. No es extraño que un sistema jurídico con estas características no haya logrado imponerse frente a otra serie de ordenamientos normativos sociales, que en ocasiones ponen en tela de juicio el derecho oficial mismo. Ineficacia y autoritarismo están, pues, íntimamente ligados entre sí. Tampoco debe parecer extraño el hecho de que las múltiples reformas legislativas propuestas por el Gobierno nacional, destinadas a lograr mayor eficacia del derecho a través de cambios meramente normativos o de variaciones administrativas e internas al sistema jurídico estén destinadas al fracaso.
Mientras que las reformas legislativas no tengan en cuenta que parte esencial de las condiciones que se requieren para que el sistema jurídico venezolano opere de manera eficiente y adecuada se encuentra en la existencia de un tipo de cultura jurídica, ligada a un tipo de Estado autoritario y militarista, que hace precaria la capacidad de la ley para permear los comportamientos sociales, nuestro país seguirá ahogado en la cultura de la ilegalidad y, por ende, en la pobreza y el subdesarrollo.
Entonces, como que con Esteban no se cumple lo que dicta aquella famosa ranchera: "Con dinero y sin dinero, hago siempre lo que quiero. Y mi palabra es la ley". No tiene trono, ni reina, ni…
El ministro
Énder Arenas Barrios
He revisado varias veces las declaraciones del ministro Édgar Ramírez y no me canso de preguntarme si realmente es el ministro de Educación Superior
Sentí pánico, no lo pude evitar. Fue una sensación rarísima, pues el pánico lo desató la palabra del ministro de Educación Superior, el señor Édgar Ramírez. Digo raro porque si una palabra debe tener la autoridad de la razón es precisamente la del ministro de Educación, pero esta vez, o en el particular caso del ministro de Educación Superior venezolano, no es así. Y es que cuando el ministro dijo que el comandante Chávez es la reencarnación de Bolívar casi me hago pupú.
En efecto, consideren ustedes que yo vengo de una casa, la de mi abuela, donde los espíritus deambulaban por toda la casa haciendo travesuras, me jalaban los dedos de los pies cuando dormía, me sacudían la hamaca, me cerraban la llave de la ducha cuando estaba enjabonado y pensaba en Isabel Sarli, aquella actriz argentina de senos gigantescos, cuya película, La Mujer de mi Padre, la proyectaba una y otra vez en mi cabeza. Eran realmente espíritus jodones, se divertían escondiéndome los zapatos. En una ocasión no pude ir al colegio porque los zapatos se los puso el espíritu de un vendedor de loterías que había vivido y muerto en esa casa antes de ser de mis abuelos, y fue mi tía quien los encontró en el enlosado del cine Lido, a tres o cinco cuadras de la casa.
Mi infancia, entonces, siempre estuvo llena de reencarnaciones y apariciones y de allí me nació un miedo a cosas que tienen que ver con el más allá. Así que lo peor que me ha podido pasar, entre otras innumerables cosas con este gobierno, es que pusiera a dirigir la política de educación superior no a un universitario, sino a un médium.
He revisado varias veces las declaraciones del ministro Édgar Ramírez y no me canso de preguntarme si realmente es el ministro de Educación Superior. La duda es grande. Yo pudiera perdonarle que se dijera una vaina como esta al ex diputado zutano y a la ex diputada batido de yuca, al fin de cuentas ellos pudieron ser lo que han sido durante los últimos cinco años por su inclinación y vocación desmedida a jalar bolas, eso pasa. Pero que el ministro de Educación Superior se babee diciendo la babosada de que Bolívar dejó de ser un ectoplasma para hacerse carne en el presidente Chávez me hace preguntarme: ¿Cómo carajo el “universitario” Ramírez puede ser ministro de Educación Superior de la República Bolivariana de Venezuela?
Inflación sobrevenida
Alfredo Gordon
En este análisis económico hemos omitido de manera expresa, formular un juicio de valor acerca de la confiabilidad de las cifras publicadas por el Banco Central. Trataremos de explicar desde nuestro punto de vista, las razones que pudieron privar para alcanzar en septiembre 2010, una inflación de 1,1 por ciento.
De las trece categorías que el instituto emisor considera para elaborar el Índice Nacional de Precios al Consumidor (INPC), el renglón de alimentos y bebidas no alcohólicas representa el 22,9 por ciento, de manera que un comportamiento inusualmente bajo de este renglón, como efectivamente ocurrió en septiembre (0,3%), por cierto la menor en los últimos cuatro años, tiene un impacto significativamente importante en el resultado de la inflación mensual.
Una de las razones para alcanzar este resultado pudiera haber sido, una descomunal disminución del consumo privado, producto de la caída en la liquidez monetaria del 10 por ciento con respecto al segundo semestre de 2009 en términos reales, afectando el salario real. Entre 2008 y 2009 los trabajadores han perdido entre 17 por ciento y 20 por ciento del salario real; esto significa que la capacidad de compra de los asalariados es 17 por ciento más baja que en 2007.
Sin embargo esta situación contrastaría con los resultados obtenidos por la variable consumo en el segundo semestre 2009 y primero de 2010. Además es sabido que la demanda de los alimentos es inelástica con respecto a los precios.
La disminución del consumo es consecuencia del comportamiento del crédito, así tenemos que el crédito al consumo (tarjetas de crédito), automotriz y comercial disminuyeron en el período 11 por ciento, 20 por ciento y 30 por ciento respectivamente. Por otro lado la tendencia hacia la baja de la inflación, también pudiera explicarse porque en los cuatro meses precedentes, no se produjeron aumentos de precios de los alimentos regulados.
También ha contribuido con la baja en la inflación, que se ha producido una mayor entrega de divisas por parte del Sistema de Transacciones con Título Valores en Moneda Extranjera (Sitme), abaratando las importaciones de alimentos y bebidas no sometidos a regulación. ¡Eso creemos!
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