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La mañana del 13 de noviembre de 1950, Lucía Levine obliga prácticamente a su marido, presidente de la junta de gobierno, a tomar una taza de café antes de abordar el automóvil que lo conduciría a sus oficinas en Miraflores, el chofer y un escolta ocupan el asiento delantero, detrás el ingeniero asimilado al ejercito Carlos Delgado Chalbaud y su ayudantía, el capitán Bacalao Lara, dos motorizados abrían paso al automóvil presidencial. - Esa misma mañana Isabel de Urbina se viste apresuradamente para dar cumplimiento a las órdenes de su marido y se desplaza en un Packard, color crema, a tres cuadras de la residencia
presidencial, en el Country Club, para hacer sonar la bocina dos veces al pasar la pequeña comitiva. - Ocho hombres que habían amanecido tomando alcohol en la quinta Luzant, ubicada en El Bosque, armados de pistolas y revólveres le interceptan el paso derribando a uno de los motorizados, dos de los asaltantes sustituyen al chofer y al escolta y dos abordan el vehículo por sendas puertas traseras dejando al presidente y a su ayudante en el centro del asiento, uno de ellos, jefe del grupo, Rafael Simón Urbina, militar de montonera, atrabiliario y de carácter pendenciero, agrede verbalmente al secuestrado y pretende despojarlo de sus charreteras.
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Velozmente los conducen a Las Mercedes, urbanización en formación para aquella época, con pocas casas distantes una de las otras, deteniéndose finalmente en la quinta Maritza, propiedad del banquero Antonio Aranguren. - En el forcejeo para sacar del vehículo a los secuestrados, un disparo accidental proveniente del arma de Pedro Antonio Díaz destroza el tobillo del jefe de la acción criminal, quien se sienta en la acera mientras los otros introducen a empellones a sus víctimas al interior de la vivienda, luego muchos disparos y la desbandada de los malhechores, el capitán Bacalao con varios disparos en su humanidad se arrastra a la casa más cercana y consigue hablar por teléfono a Miraflores: -“El presidente está muy mal herido”.
- Urbina abandona el lugar y trata de asilarse en varias embajadas, consiguiendo entrar a la legación de Nicaragua, donde llega con fiebre y escalofríos, redacta una misiva para el teniente coronel Marcos Pérez Jiménez, la cual nunca fue a dar al expediente, donde, supuestamente, le notifica que el plan había fallado y el coronel Delgado estaba herido.
- La embajada niega el asilo político solicitado y una comisión de la Seguridad Nacional se lo lleva para ser atendido e interrogado, el hombre en su delirio repite muchas veces que Pérez Jiménez estaba al tanto y que lo llevaran a su presencia.
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Al mediodía se hace pública, oficialmente, la noticia del magnicidio del Coronel (Pos morten) Carlos Delgado Chalbaud, ingeniero civil, con estudios militares en Versalles, poliglota, de gran prestigio y popularidad, quien pretendía presentar su candidatura a la presidencia de la republica en las elecciones que había prometido la junta militar que dos años antes había derrocado el gobierno constitucional de Don Rómulo Gallegos, rivalizando con su compañero de junta. -
El capitán Bacalao logra salvarse y Rafael Simón Urbina, mientras era trasladado en una camioneta de la Seguridad Nacional a la media noche de ese mismo día, es ajusticiado con el burdo alegato de que pretendía huir, con un talón destrozado por una bala 9 mm. - Muchos años después, Pedro Antonio Díaz le confiesa al periodista Oscar Yanes que él le había propinado el primer disparo al presidente porque este tenía prácticamente dominado al asaltante que lo custodiaba y estaba a punto de desarmarlo.
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"Yo pensé que Delgado desarmaría a Domingo y lo mataría... Yo le disparé. Creo que a la altura del pecho era el tiro. Se desplomó. Yo no sé quién le tiró a Chalbaud después". (El Universal dieciocho de noviembre del 2005). Nunca se sabrá si el compañero de junta tenía sus manos metidas en el crimen, lo que no se puede negar es que resultó el gran beneficiario, la ambición desmedida de poder, los resentimientos, la sed de botín ha escrito, con sangre, tantas tragedias en esta pobre Venezuela nuestra, que, muchas veces, los uniformes de quienes fueron formados para defenderla o se arrogan tal misión, se han teñido de rojo o se han mancillado en oblación al jefe. - ¿Por qué no heriste de parálisis la mano?
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- Franklin Santaella Isaac
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