El señor Chávez no está jugando a ser reina de carnaval. No le interesa la popularidad circunstancial que tanto preocupa a los politiqueros, sino mandar eternamente, concentrar todo el poder político y económico del país, destruir cuanto se oponga a sus propósitos totalitarios y construir el marco jurídico de soporte a la autocracia que encabeza en nombre de una revolución socialista a la cubana que la mayoría rechaza. Su preocupación no está en las próximas elecciones. No le importa, ni le importará, desconocer la voluntad popular, violentar una Constitución violada en su espíritu, propósito, razón y letra expresa, ni afectar la dignidad de los ciudadanos al reducir criminalmente los espacios para el ejercicio de la libertad personal y económica, dejándolos sin seguridad jurídica, además de sufrir la inseguridad personal y de los bienes.
El Jefe del Estado le declaró la
La cultura democrática de la nación ha evitado la confrontación violenta a la que invitan las permanentes provocaciones de Chávez. Pero todo tiene un límite. ¿Hasta cuando? La resistencia activa frente a la dictadura comunistoide trasciende los simples esquemas electorales de buena parte de la oposición tradicional. Todos los sectores afectados y los que están amenazados en un clima de incertidumbre inaceptable, necesitan liderazgos recios que, más allá de cualquier interés electoral, orienten con la palabra y con el ejemplo diario la conducta a seguir en esta guerra despiadada en defensa de principios y valores irrenunciables. Clarificar objetivos y definir la estrategia son tareas inmediatas.
Esta es una guerra civil de características distintas a las tradicionales. Tan criminal es quien provoca una guerra innecesaria como quien la evita cuando se hace indispensable librarla. La crisis actual ha mostrado de cuerpo entero la miseria humana del alto gobierno en su afán manipulador y especulativo del sufrimiento de los afectados y la desviación de responsabilidades propias. La nación está convocada para ponerle punto final al drama, antes que sea demasiado tarde. Conste que no es precisamente tiempo lo que nos sobra.
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