31/3/11

Chávez es un enemigo de la libertad… ¿Y qué hay de Walsh?

Tábano Informa

UnoAmérica - 31-Mar-11 - Opinión

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Chávez es un enemigo de la libertad… ¿Y qué hay de Walsh?

Muchas fueron las voces que se alzaron contra la distinción entregada por la Facultad de Periodismo y Comunicación Social de la Universidad Nacional de La Plata al presidente venezolano Hugo Chávez el pasado martes 29 de marzo. El aludido galardón, que lleva el nombre de Rodolfo Walsh, tiene por objeto reconocer y premiar la lucha por la libertad de expresión y prensa, cuestión que redundó en agitada controversia...

por Agustín Laje Arrigoni (*)

Muchas fueron las voces que se alzaron contra la distinción entregada por la Facultad de Periodismo y Comunicación Social de la Universidad Nacional de La Plata al presidente venezolano Hugo Chávez el pasado martes 29 de marzo. El aludido galardón, que lleva el nombre de Rodolfo Walsh, tiene por objeto reconocer y premiar la lucha por la libertad de expresión y prensa, cuestión que redundó en agitada controversia.

En efecto, es sabido que Chávez es todo, menos un paladín de la libertad. En la carrera por concentrar el poder, el mandón bolivariano se ha destacado por amedrentar a todas aquellas voces que disienten con el régimen. Primeramente lanzó la Ley de Responsabilidad Social de la Radio y la Televisión, mejor conocida en Venezuela como “Ley Mordaza”, que condiciona contenidos y horarios para los programas a los efectos de manejar la información que el pueblo consume. Seguidamente, propulsó una reforma a la legislación penal que estableció sanciones dramáticas a la prensa escrita dándole el carácter de injuria o “desacato” a las críticas contra el gobierno. Las eventuales penalidades van hasta los tres años de cárcel, y aún más si se consideran delitos reincidentes. No por azar el presidente del Instituto Internacional de Prensa, Juhan Fritz, comparó estas maniobras del chavismo con las del ministro de Propaganda del nazismo, Josef Goebbels.

En lo que va de su gestión, Chávez cerró 34 emisoras radiales, y en materia televisiva prohibió a RCTV —que tenía 28.1 puntos de audiencia—, Venevisión —27.2 puntos—, Televen —11.7 puntos de ranking— y otros canales menores que juntos sumaban 9 puntos.(1) Según confirma el ex subdirector de la Unesco Antonio Pasquali, “el gobierno chavista controla 10 de los 12 canales de televisión abierta, goza de la aquiescencia de la mayoría de las 36 televisiones regionales, ha instalado y financiado más de 145 radioemisoras y 18 televisoras comunitarias. Cuatrocientos periódicos reciben subsidios de Chávez a cambio de su docilidad editorial”.(2) Vale agregar que en el Índice de Libertad de Prensa de la prestigiosa ONG “Reporteros sin fronteras”, Venezuela ocupa el puesto 124 sobre un total de 175 países analizados, llevándose uno de los peores lugares de la región.

Pero en el marco del caluroso debate que giró en torno a la interrogante de si Chávez merecía o no el premio “Rodolfo Walsh”, se soslayó deliberadamente debatir acerca de si el propio Rodolfo Walsh merece encarnar un galardón que premie nada menos que la lucha por la libertad.

El personaje de Walsh se inscribe dentro de la mitología setentista, y es presentado frente a la opinión pública como un “periodista democrático” que enfrentó a la dictadura a través de la comunicación social clandestina. No obstante, esta caracterización romántica de Walsh no es del todo acertada: el personaje en cuestión no sólo no creía en la democracia, sino que la combatió entre 1973 y 1976 engrosando con alta jerarquía la organización terrorista Montoneros, cuyo mayor poder de fuego se registró precisamente entre esos años; no sólo no luchó por las libertades de prensa y expresión, sino que, como buen montonero, las consideró “desvaríos burgueses”; y no solamente luchó contra el gobierno de facto instaurado a partir del 24 de marzo de 1976 a través de la comunicación social, sino que también lo hizo en virtud de acciones armadas concretas y que tuvieron por saldo numerosas víctimas inocentes.

Rodolfo Walsh inicia sus pasos revolucionarios en el terrorismo frecuentando La Habana —su primer viaje fue en 1960—, donde recibía adoctrinamiento castrista y donde trabajaría en conjunto con el periodista guerrillero Ricardo Masetti, jefe del golpista Ejército Guerrillero del Pueblo. Algunos años más tarde, ya consolidado como un intelectual e ideólogo de la izquierda armada de nuestro país, Rodolfo (o “Esteban”, tal su nombre de guerra) se incorporó en la banda terrorista Descamisados (integrada, entre otros, por Roberto Cirilo Perdía, Horacio Mendizábal y Norberto Habegger), organización que tiempo después se fusionará con Montoneros. Según las investigaciones del historiador Enrique Díaz Araujo, bajo esta militancia, el periodista preferido de la progresía argentina habría tenido participación —en carácter de ideólogo— en los asesinatos de los sindicalistas Augusto Timoneo Vandor y José Alonso.(3)

Comoquiera que sea, al poco tiempo Walsh pasará a integrar las Fuerzas Armadas Peronistas junto con Horacio Verbitsky, aunque a fines de 1972 ambos deciden incorporarse a Montoneros. Allí, Rodolfo recibirá nada menos que el rango de Oficial 2º, operando tanto desde el aparato de prensa como desde el de inteligencia de la organización terrorista. Según el periodista Carlos Manuel Acuña, a través de esta última área en particular, Walsh tendrá numerosas tareas: “detectar aquellas personas pasibles de ser secuestradas y con capacidad de pago; el desarrollo de de una política de intimidaciones sobre personas, grupos, sectores o empresas; sobornos y chantajes; estudios y análisis previos al cometido de asesinatos para establecer los réditos políticos; similares tareas para realizar atentados de todo tipo y finalmente, la evaluación y obtención de informaciones destinadas a establecer la viabilidad de ataques y copamientos y la oportunidad de realizarlos”.(4)

El trabajo de Rodolfo Walsh en el área de inteligencia se destacó por la planificación de atentados terroristas tan complejos como espectaculares. Ejemplo de ello fue el operativo que acabó con la vida del Comisario Alberto Villar y su esposa el 1º de noviembre de 1974 (en el marco de un gobierno democrático), donde se emplearon buzos tácticos terroristas que colocaron explosivos en la lancha que el funcionario policial utilizaba para navegar en el Río de la Plata. El ex montonero Juan Gasparini afirma que dicho atentado fue “diseñado por Rodolfo Walsh en combinación con Carlos Goldemberg y bajo la supervisión de Roberto Quieto”.(5)

Seguridad Federal de la Ciudad de Buenos Aires, acaecido el 2 de julio de 1976, también diagramado por el oficial de inteligencia Rodolfo Walsh. El plan parecía extraído de una película de Hollywood. El periodista e investigador Eugenio Méndez lo relata de la siguiente manera: José María Salgado “tuvo una reunión con su Responsable, el oficial Esteban (Rodolfo Walsh), que lo había infiltrado en la Policía Federal para dar información. Deciden colocar la bomba el 4/6/76. Se posterga porque en la Policía lo dan de baja. Esteban le indica que no devuelva la chapa. Ingresa a la Superintendencia con papeles tentativos. No lo controlan. Considera que el comedor es el lugar apropiado. La bomba se la entrega Esteban, y el Monra le indica cómo hacerla detonar, que va a tener 20 minutos para escapar. El 2/7/76 ingresa y la coloca, cubriéndola con su sobretodo. Se retira. Cambia de vehículo en Loria y Rivadavia, encontrándose con Esteban que le manifiesta: ‘el operativo salió perfecto’”.(6) La bomba era un artefacto compuesto por 9 kg de trotyl y 5 kg de bolas de acero. Dieciocho personas quedaron despedazadas en el acto. Sesenta y seis resultaron malheridas, a tal punto que cuatro de ellas fallecieron en días subsiguientes a la terrible carnicería (la cantidad de muertos fue igual a la del atentado terrorista fundamentalista contra la embajada de Israel en los `90). Esteban era Rodolfo Walsh, el planificador del atentado.

Por otro lado, en lo que respecta al multimillonario secuestro de los hermanos Born, según han develado numerosas investigaciones y documentos, en la diagramación del operativo tuvo participación también Rodolfo Walsh.(7) De nuevo, el plan era brillante: la avenida Libertador iba a ser cortada por un equipo de falsos “operarios de ENTEL” instantes previos a que pasaran por ahí los autos de Born. De esta forma, éstos serían obligados a desviarse a la derecha por la calle San Lorenzo. Al llegar a la esquina, otro giro obligado a la izquierda, en dirección a Capital, y cuando llegaran al cruce de la primera esquina, dos camionetas embestirían contra ellos. Cada integrante del grupo de montoneros bajaría de su vehículo y reduciría al auto que había chocado. Así, los hermanos Born serían llevados en una tercera camioneta. En el hecho resultó muerto Carlos Pérez, el chofer de los Born: otra víctima más que en alguna medida es también responsabilidad de Walsh.

Investigaciones posteriores indican que la participación del periodista en el secuestro fue incluso más activa, teniendo por misión obtener información de los hermanos secuestrados en una “cárcel del pueblo”: “Walsh bajaba al pozo por la tarde con un maletín pequeño y tomaba unos mates con la guardia, que luego corría hacia la cocina y le dejaba el salón libre para que comenzara a interrogar por separado a los hermanos, siempre con la asistencia de un grabador. Su misión era indagar sobre las relaciones que sostenía el holding en los últimos veinte años con los gobiernos, los militares, los sindicalistas, los empresarios y la prensa. Después de varias horas de conversaciones, los Born volvían a sus habitaciones y Walsh a la cocina, donde preparaba el último mate y se iba”.(8)

Todo ello tuvo lugar en 1974, cuando un gobierno democrático conducía al país. Sucede que a los Montoneros —y por añadidura a Rodolfo Walsh— la democracia les importaba un comino; sus objetivos, en rigor de verdad, estaban en las antípodas de la democracia. Asimismo, las libertades individuales también fueron despreciadas por la banda guerrillera en cuestión. De hecho, nada menos que la libertad de expresión fue denostada por la organización (a la que pertenecía paradójicamente Walsh) en los siguientes términos: “No podemos convertirnos ahora en defensores de la libertad de expresión, que es un principio liberal”.(9)

En Argentina se han construido personajes intocables, y prueba de ello es que mientras la sociedad debatía respecto a Chávez, nadie lo hacía respecto a Rodolfo Walsh. Esto no deja de resultar curioso, puesto que Walsh soñaba y luchaba por un país incluso más radicalizado que el que hoy preside —o detenta, según como se lo vea— Hugo Chávez Frías.

Si otorgarle un galardón que premia una lucha por la libertad al cacique bolivariano es una burla al periodismo independiente, incrustar en ese galardón el nombre de Rodolfo Walsh es una burla a la historia y a la verdad.

(*) Agustín Laje tiene 22 años y autor del libro “Los mitos setentistas. Mentiras fundamentales sobre la década del `70”, que en las próximas semanas podrá encontrarse en las principales librerías de Argentina. www.agustinlaje.com.ar

Notas:

(1) Ver Márquez, Nicolás. Chávez. De Bolívar al narcoterrorismo. Buenos Aires, Edición del autor, 2010, p. 39.
(2) “¿A dónde va el chavismo?”, por Eduardo Mackenzie, 15 de noviembre de 2009, pp. 7-8. Artículo escrito para la revista francesa Historie & Liberté, nº 40.
(3) Ver Díaz Araujo, Enrique. La guerrilla en sus libros. Tomo II. Buenos Aires, El testigo ediciones, 2009, p. 172
(4) Acuña, Carlos Manuel. Verbitsky. De La Habana a la Fundación Ford. Buenos Aires, Ediciones del Pórtico, 2003, p. 143
(5) Gasparini, Juan. Montoneros: final de cuentas. P. 77
(6) Méndez, Eugenio. Confesiones de un montonero. Buenos Aires, Sudamericana-Planeta, 1985, pp. 159-160
(7) Ver Larraquy, Marcelo. Caballero, Roberto. Galimberti. De Perón a Susana. De Montoneros a la CIA. Buenos Aires, Grupo Editorial Norma, 2000, p. 217
(8) Larraquy, Marcelo. Caballero, Roberto. Galimberti. De Perón a Susana. De Montoneros a la CIA. Buenos Aires, Grupo Editorial Norma, 2000, p. 229
(9) Ver Giussani, Pablo. Montoneros la soberbia armada. Buenos Aires, Sudamericana – Planeta, 1984, p. 244

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