18/5/11

EL ESTAFADOR ESTAFADO LA GUITARRA DE SHAKIRA

¿Qué Victor Lustig venezolano promovió la estafa de la nacarada guitarra rojo rojita de Shakira, con la que le brindaron una horas de
ensoñación y esparcimiento al teniente coronel quien, por cierto, en una movida tan escabrosa y rocambolesca como la venta de la Torre
Eiffel consiguió estafar a 28 millones de venezolanos y más de trescientos millones de latinoamericanos convenciéndolos de que era no
sólo un buen prospecto para ocupar la presidencia de Miraflores sino quedarse en ella de por vida? ¿Quién estafó al estafador?
Pedro Lastra
EL ESTAFADOR ESTAFADO
LA GUITARRA DE SHAKIRA


Pocos conocen una de las más extraordinarias estafas de todos los tiempos, digna de un extraordinario bestseller y de un resonante filme de Scorsesse: la venta de la Torre Eiffel. Me ha venido a la mente ante la estafa de que ha sido víctima nuestro atolondrado pero buen
muchacho Hugo Rafael – Rafael Poleo dixit –, quien se ha pasado toda una noche en vela acariciando el metafórico cuerpo de la colombiana Shakira en la figura de una espectacular guitarra eléctrica, obviamente rojo rojita, con visos de autenticidad: una sentimental dedicatoria escrita con un marcador negro, de esos de fieltro, que despertaba ensoñaciones dignas de la lámpara de Aladino. Pues Shakira, bien lo sabemos por sus habituales contorsiones y sus recurrentes
melismas, proviene de lejanos ancestros provenientes de las tierras de los cuentos de hadas.

Volviendo a la estafa: Victor Lustig, un checoeslovaco digno de pasar a la historia como el emperador de los estafadores, era un hombre seductor y fascinante, que dominaba cinco idiomas a la perfección, jugaba al bridge como los príncipes cuando de pasar de noble austro-húngaro se trataba, y al póker como el hombrecillo de la
tanqueta de Miraflores – otro estafador de la VR digno de entrar a nuestros anales – cuando se adentraba en los oscuros callejones de la mafia de Chicago. Fue amigo, por cierto, de Al Capone, al que también
estafó y con quién compartía una señal de identidad digna de ser
considerada una condecoración de los bajos fondos: una cicatriz que le llegaba desde la base del ojo izquierdo hasta el lóbulo de la oreja. Terminó sus días en Alcatraz, luego de una vida tormentosa, cincuenta estadías en prisión – nada más que en los Estados Unidos – y los
timos, falsificaciones, usurpaciones y falsas ventas más pintorescas,
atrabiliarias y rocambolescas de la historia. Como que vendió la Torre
Eiffel a un importante y riquísimo industrial de la metalurgia francesa, que se fue feliz del negoción que había hecho comprándose la chatarra más grande del universo.

¿Qué Victor Lustig venezolano promovió la estafa de la nacarada
guitarra rojo rojita de Shakira, con la que le brindaron una horas de
ensoñación y esparcimiento al teniente coronel quien, por cierto, en una movida tan escabrosa y rocambolesca como la venta de la Torre Eiffel consiguió estafar a 28 millones de venezolanos y más de
trescientos millones de latinoamericanos convenciéndolos de que era no sólo un buen prospecto para ocupar la presidencia de Miraflores sino
quedarse en ella de por vida? ¿Quién estafó al estafador?

Puede haber sido Izarrita, quien, como Goebbels con Hitler, le lleva su protocolo mediático y como buen cortesano hace cuantos sacrificios considera necesarios para mantenerlo contento. Desde traerla a una modela de metro noventa – como la que sacó de sus cabales al presidente del FMI – hasta ponerle a disposición a las más resonantes estrellas del firmamento hollywoodense. Listillo, como es él, al ver una guitarra firmada por Shakira en las oficinas de Santiago Otero, el
empresario que trajo a Shakira para deleite de sus fans y engorde de su ya abultada billetera, le habrá dicho: “¡Demonios, Santiago!
¡Dámela para llevársela a Chávez! ¡Se volverá loco! Y de paso le damos tremenda coñaza al escualidismo!”

He visto guitarras de esas, firmadas por las estrellas del firmamento farandulero, en más de una oficina de un empresario artístico. Un gesto de cortesía de quien se va con un millón de dólares de honorarios por una actuación de 90 minutos. ¿O habrá sido el mismo empresario, digno representante de la nueva generación de agalludos que apuestan a tener su primer millón de dólares antes de los 30 años?
Sería interesante que alguno de nuestros diputados, de esos de
pasantía por el Capitolio mientras aspiran a un cargo mejor
remunerado, iniciara una averiguación para presentársela a Soto Rojas.
¿O Soto Rojas es otro de los estafadores de la gran estafa?

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