Mientras decide operarse en tierra ajena, despreciando la soberanía
científica de su patria – que traiciona a diario – y se defeca
en las tradiciones constitucionales de doscientos años de historia,
los súbditos de su reinado de alpargatas están expuestos a las tinieblas
de una modernidad a vela, de una civilización de antorchas.
Su absceso pélvico es la metáfora viva del cáncer terminal que
consume al país. ¿Lo extirparemos, como aquel, en el quirófano de la
dignidad? Sólo Dios lo sabe. Aunque en rigor, sólo depende de
nosotros.
Pedro Lastra
La suerte del intestino
No sería la primera ni la última vez que un autócrata recurre al
viejo truco de simular una grave enfermedad, incluso su muerte, para
ver cómo reaccionan sus segundones, sus herederos, sus fuerzas
armadas, la oposición y el pueblo desconcertado ante su eventual
desaparición. Tampoco una novedad utilizar la eventualidad de su paso
al otro mundo para levantar a la conmiseración y la lástima de modo a
sacudir modorras y conmover seguidores. Se conoce de casos de tiranos
entregados a la desesperación de lloronas profesionales que de pronto
se alzan de sus ataúdes y reviven el milagro de la resurrección de la
carne. Ante la necesidad de recuperar favores perdidos, todo se vale.
Si existe un experto en esas mañas, trucos, triquiñuelas y malas
jugadas, ese es Fidel Castro. El hombre de las mil muertes y el millón
de atentados. Posiblemente el único tirano de la historia universal
que decidió producir los magnos fastos de sus funerales hasta el más
mínimo detalle, mientras dirigía la operación intestinal con un espejo
de peluquería. Como si se tratara de la defensa de Playa Girón. Nadie
daba un centavo por su vida, mientras desde la CIA al Mossad lo hacían
instalado en el infierno. Allí está, vivito y coleando, dirigiendo con
sus manecitas de virgen pudibunda al títere de su hermano Raúl, el
taciturno.
En esas manos cayó el teniente coronel. Como siguiendo un guión de la
rata Chalbaud, la madama de los lupanares cinematográficos rojo
rojitos, pretende la reedición en miniatura de sus épicas proezas.
Castro se cayó y se rompió una pierna: él se desbarató una rodilla.
Castro se debatió en los portones del infierno mientras le acomodaban
las tripas, a él dizque le da un absceso. A Castro lo operaron en su
quirófano exclusivo, el de su bunker personal. A Chávez lo acuestan en
la misma camilla para hacerle lo mismo, pero en minúsculo. La historia
se repite, decía Hegel. Como comedia, replicaba Carlos Marx. Como
farsa, apostilla Izarrita, el Goebbels tropical.
Hay interpretaciones para todos los gustos. La inmensa mayoría,
conociendo sus embustes e imposturas, lo convierte en motivos de
chistes y sarcasmos. No es el pus de su absceso: es la supuración
tumoral del odio irrevocable de quienes no resisten tanta inmundicia,
tanta inoperancia, tanta sinvergüenzura. Mientras decide operarse en
tierra ajena, despreciando la soberanía científica de su patria – que
traiciona a diario – y se defeca en las tradiciones constitucionales
de doscientos años de historia, los súbditos de su reinado de
alpargatas están expuestos a las tinieblas de una modernidad a vela,
de una civilización de antorchas.
Su absceso pélvico es la metáfora viva del cáncer terminal que
consume al país. ¿Lo extirparemos, como aquel, en el quirófano de la
dignidad? Sólo Dios lo sabe. Aunque en rigor, sólo depende de
nosotros.
13/6/11
La suerte del intestino
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