19/7/11

El enfermito

Poco importa si tiene cáncer terminal, diverticulitis o estreñimiento. Como poco importa si es rosa, clavel o margarita. Lo importante es no dejar jamás de ser centro de mesa, florero principal en la sala de estar del rancho derrengado en que nos hemos convertido. Consentido y adorado por la zarrapastra nacional. Que tiene así, desde los distintos atalayas de sus barrios desangelados y desguarnecidos, otro motivo de distracción. Como sucede desde el 4F, cuando nos convirtiéramos en el gran carnaval político del Tercer Mundo. Hoy es enfermito, ayer espantapájaros, antes de ayer golpista. Es el payaso biónico que, como un furúnculo político, le salió al culo de una Venezuela que cree ser más – como dice la cuña – si tiene un Frankenstein de que ocuparse.
Pedro Lastra
ND 13 Julio, 2011
El enfermito

Es la maldición que ataca a los pobres países ricos: tienen con qué perseverar en su miseria moral, en su pobreza intelectual, en su incapacidad congénita de progresar y aspirar a más gracias a que de algún rincón invisible surgen dólares que no se agotan. Les llueve el oro, pero adoran el plomo. Es la maldición del petróleo cuando se combina con la barbarie. No sucede así con países que ya existían antes de que les tocara la lotería petrolera: Noruega, Estados Unidos, México y ahora Brasil, entre otros. Pero es así en países de pacotilla súbitamente enriquecidos sin que medie otro esfuerzo que instalar unos taladros y medir el chorro que sale a torrentes con unos barriles imaginarios. La OPEP está llena de ellos. Poquísimos son los que sirven de ejemplo de progreso, de racionalidad, de inteligencia, de democracia. Son imbéciles con plata. Como la Venezuela chavista.

Como se le acababa la cuerda y se le agotaban los trucos, pues se nos enfermó. Nadie sabe de qué ni con qué intensidad, si es que está enfermo. Debido a lo cual ahora no nos habla interminablemente, no salpica nuestras comidas con sus obscenidades y despropósitos, no entretiene a su clientela de menesterosos con sus chistes malos, sus flatos y sus ventosidades intelectuales – esas ocurrencias que sus adoradores confunden con ideas – y ni siquiera parece que gobierna. Con lo cual los culpables de El Rodeo, de la brutal inflación, de la rampante inseguridad, de la pérdida de soberanía, del entreguismo y el neocolonialismo cubano no es él, sino los enanos de su circo: una manga de talibanes, estafadores y tragasables de menor cuantía.

Liberado de las responsabilidades de gobierno puede ocuparse del nuevo ejercicio de gobierno: la gimnasia. Hay que acompañarlo en chándal a estirar la pierna, jalar la pelvis, inflar el esternón, alzar el brazo y seguirlo al compás de sus sandeces. Sabe lo que hace: seguir dominando, azotando, estrujándoles el cerebro a los zarrapastrosos que forman sus huestes. Mientras distrae a sus distraídos opositores. La imbecilidad nacional.

Quienes no saben lo que soportan somos nosotros. Que en lugar de oponerle a su payasería la seriedad de la conciencia moral e intelectual del país proliferamos en candidatos y sacamos payasitos encuestófilos de los comandos de campaña para que exhiban sus artes protochavistas desde la pequeña pantalla en programas para pendejos. Chavecitos de segunda mano que sirven de alimento a la estulticia nacional. Así, prepárense: tendrán un pobre país rico de aquí a la eternidad: cada día menos rico, cada día más pobre. Y lo que es infinitamente peor: pobrísimo, miserabilísimo de espíritu.
Es la desgracia del petróleo cuando se combina con la barbarie.

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