24/7/11

Terrorismo y autoritarismo




Bien dice el refrán que los extremos se tocan. Ultraizquierda y ultraderecha son las dos caras aparentemente antagónicas de una misma moneda: la eterna e inmodificable estupidez humana estilizada en el mundo de la política gracias a la acción secular, irracional, virulenta del autoritarismo. Golpismo comunista y golpismo fascista, terrorismo de ultraizquierda y terrorismo de ultraderecha, imbéciles leninistas e imbéciles hitlerianos. Ciertamente: el comunismo no es lo mismo que el fascismo, pero a los efectos reales es igual. La sumisión absoluta del sujeto emancipado bajo los engranajes de la maquinaria estatal, hasta triturar todo concepto de subjetividad, de individualidad, de idiosincrasia. Y por sobre todas las cosas: irrespeto y desprecio visceral por los derechos humanos. Dejando los despojos de una doliente humanidad en manos de un Estado policiaco. O de unos enfermos mentales.

Constituyen ambos extremos el humus donde se cobijan todas las mediocridades, todas las envidias, todos los resentimientos, todos los odios, todos los rencores, todas las impotencias. Razón por la cual, cuando unos u otros llegan al poder, las sociedades respectivas se hunden en sus cloacas primigenias. Vuelven, para usar un símil debido a la maravillosa imaginación literaria de Joseph Conrad, al oscuro corazón de sus tinieblas, se inundan en el pantano de su inmundicia, pierden toda racionalidad y escarban en sus gusaneras para justificar y montar los despropósitos en que incurren. El Gulag soviético es la cara socialista del Auschwitz nacionalsocialista. Los millones de hambreados y torturados por Stalin, los millones de gaseados por Hitler. Ambos monstruos mirándose en el espejo de sus pesadillas. Que retornan setenta años después de la mano del talibanismo, el integrismo musulman, las fobias fascistas de las ultraderechas.

Detrás de ambas expresiones del totalitarismo moderno, causante de los más de cien millones de muertos cosechados por el extremismo del siglo XX, de la guerra más devastadora conocida por el hombre y de la casi destrucción total de la humanidad en el altar del enfrentamiento nuclear – al que el tropical y desaforado tirano del Caribe quiso agregar su sal y su pimienta - , se encuentra un factor que ni el millón de años de la especie humana ha logrado extirpar y aniquilar: la personalidad autoritaria. El primer ancestro del hombre, como lo metaforiza maravillosamente el Antiguo Testamento en la figura de Caín. La personalidad autoritaria, la última semilla de los totalitarismos modernos: ese fue el descubrimiento que un grupo multidisciplinario dirigido por el pensador alemán Theodor W. Adorno realizó en los años cuarenta del siglo XX, abrumado por la hegemonía del autoritarismo extremo de las dos formas de totalitarismo que echaron la cultura europea y con ella una tradición de racionalidad y tolerancia conquistada con sangre, sudor y lágrimas, en las fogatas del exterminio. Comenzaron incinerando las obras del espíritu: culminaron incinerando más de seis millones de seres humanos. Retrotrayéndonos así al primitivismo que una época de ilimitada confianza en el progreso humano creía superado para siempre. E inundándonos en el espanto apocalíptico del Holocausto.

Venezuela, que ha padecido de la personalidad autoritaria desde sus comienzos como república y que forjara su nacionalidad en la hoguera de la Guerra a Muerte – metáfora perfecta de la barbarie, así se librara en nombre de la civilización – vive desde hace dos décadas bajo el influjo y predominio de una clásica personalidad autoritaria: intolerante, mesiánico, ególatra y narcisista. Incapaz de ver más allá de la punta de su nariz a nada que no sea su propia imagen ampliada por su delirio autoritario. Se ha personificado bajo el manto perfecto del caudillismo socialista. Pretendiendo imitar hasta en sus taras y enfermedades a Fidel Castro, la clásica personalidad autoritaria de estos tristes Trópicos. Encontró en una sociedad autoritarista y en sus más autoritarios de sus desarrapados la imagen perfecta de si mismo. No existe uno solo de sus cómplices y amanuenses que no refleje a la perfección el perfil de la personalidad autoritaria. Tanto en hombres, como en mujeres. Que encuentran, obviamente en las fuerzas armadas, su perfecto reflejo especular. Pues imposible hacer carrera en una institución medularmente autoritaria como el ejército sin poseer las dotes de la personalidad autoritaria.

Quienes creen que se sale de casi tres lustros de rampante autoritarismo mediante un sencillo expediente electoral no comprenden la envergadura del desafío. Venezuela está consumida por el cáncer metastásico del autoritarismo. Sólo una cruzada ética y moral llevada a cabo por personalidades capaces de comprender el daño que nos hemos auto infringido podrá sacarnos de este marasmo. Tampoco servirá hacerlo de la mano de otra personalidad autoritaria. Ni de partidos incapaces de emanciparse de sus estructuras autoritarias. El mal es profundo. Deberá serlo el remedio.

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