Hugo Chávez sabe lo que es una rebelión popular. Él ha observado con sus
propios ojos cómo el pueblo abandona sus diferencias sociales para
encarase a un Gobierno injusto y déspota que controla el poder por medio
de la fuerza militar. No estamos hablando de su fallido e ilegal
intento de golpe de estado contra Carlos Andrés Pérez en 1992, sino de
la sublevación de los venezolanos en abril de 2002. Sí, el presidente
sabe bien qué es gobernar en contra de la voluntad ciudadana y, por
esto, se identifica tanto con otros dictadores de la misma calaña.
Como la víbora que intenta proteger al resto del nido, Chávez ataca a cualquier país que proteste contra las represiones violentas de sus “amigos” de Siria, Libia, Rusia, China, Cuba e Irán. Su papel de abogado del diablo le ha llevado a defender lo indefendible. Sólo hace unos días, el presidente de Venezuela amparaba las reformas políticas del líder sirio Bashar Asad, luego de que sus fuerzas armadas asesinaran entre 30.000 y 50.000 personas; incluidos los niños y mujeres que fueron ejecutados como castigos ejemplares para los “traidores”. Por mucho que el Gobierno Nacional quiera defenderle, la sangre que mancha las manos de Asad no se borrará con un referéndum, una nueva constitución o la modernización de la ley de partidos políticos.
Sin embargo, no es la primera vez que Venezuela tiende la mano a los tiranos. Cuando la revolución en Medio Oriente alcanzó a Libia (con más de 10.000 asesinatos), Chávez aseguró que él no podía decir que apoyaba o aplaudía cualquier decisión de sus “amigos”, pero sí reafirmó que “nosotros sí apoyamos al Gobierno de Libia”. Una postura que respalda los crímenes contra la humanidad ordenados por el difunto Muammar Gaddafi y que fueron denunciados por los países miembros de la ONU.
La postura de Chávez no es de extrañar. El gobierno autoritario de Cuba es el preferido del primer mandatario y su apoyo a los hermanos Castro no conoce límites. Si bien la relación, casi romántica, con Fidel Castro ha despertado la desaprobación de la comunidad internacional, el verdadero repudio de la política externa venezolana ha llegado por ponerse las manos en el fuego por Irán.
La cercanía entre Venezuela y la nación árabe ha despertado la desconfianza de Estados Unidos, considerando que su presidente, Mahmud Ahmadinejad, desea convertir a Caracas en un centro de operaciones para la Guardia Revolucionaria Iraní, la fuerza Quds, o de sus aliados de Hezbolá. El desagrado de los norteamericanos resulta normal, aún más cuando se prevé que comience una guerra contra Irán por negarse a detener su programa nuclear.
Ahora bien, Venezuela no es el único guardián del nido. China y Rusia también intentan ocultar las escamosas violaciones a los derechos humanos y las envenenadas intensiones de permanecer en el poder. Tal como lo demostraron al bloquear dos resoluciones del Consejo de Seguridad de la ONU que condenaban la represión en Siria.
El interés de Rusia y China por defender la “soberanía siria” no es un acto de fe en la autodeterminación de los pueblos, sino un intento estratégico por cuidarse las espaldas. A estas naciones no les interesa que la ONU pretenda intervenir en su política interna, a sabiendas de que en sus territorios se utiliza la fuerza, de manera desproporcionada, contra las protestas y el encarcelamiento de los líderes de la oposición; tal como ocurre con el disidente chino y premio Nobel de la Paz Liu Xiaobo o los recién detenidos en Moscú, Alexey Navalny y Sergei Udaltsov.
Hasta la fecha, la impunidad internacional de Rusia y China parece no tener fin. El mejor ejemplo son las últimas elecciones soviéticas, donde Vladímir Putin ha resultado reelecto, a pesar de que él mismo (y la Unión Europea) admitiera que existieron irregularidades en los comicios electorales. En lugar de repetir el proceso con unas urnas más limpias, los rusos deberán consolarse con la imagen de su primer ministro llorando frente a sus seguidores. Una escena que, en lugar de demostrar el clamor popular, resulta ser una desagradable parodia de la democracia.
No por casualidad Chávez proclamaba la reelección de Putin meses antes de realizarse las elecciones. Al parecer, todos los “amigos del régimen” estaban al tanto de lo que sucedería en las votaciones, menos los propios rusos, a quienes se les ha negado su derecho a elegir a sus líderes. Habría que preguntarse si, en Moscú, ya se ha anunciado el resultado que difundirá el Consejo Nacional Electoral en la madrugada del siete de octubre y si Putin está preparando con anticipación las cálidas congratulaciones para su homólogo caribeño. Como se dice, entre víboras se entienden.
Como la víbora que intenta proteger al resto del nido, Chávez ataca a cualquier país que proteste contra las represiones violentas de sus “amigos” de Siria, Libia, Rusia, China, Cuba e Irán. Su papel de abogado del diablo le ha llevado a defender lo indefendible. Sólo hace unos días, el presidente de Venezuela amparaba las reformas políticas del líder sirio Bashar Asad, luego de que sus fuerzas armadas asesinaran entre 30.000 y 50.000 personas; incluidos los niños y mujeres que fueron ejecutados como castigos ejemplares para los “traidores”. Por mucho que el Gobierno Nacional quiera defenderle, la sangre que mancha las manos de Asad no se borrará con un referéndum, una nueva constitución o la modernización de la ley de partidos políticos.
Sin embargo, no es la primera vez que Venezuela tiende la mano a los tiranos. Cuando la revolución en Medio Oriente alcanzó a Libia (con más de 10.000 asesinatos), Chávez aseguró que él no podía decir que apoyaba o aplaudía cualquier decisión de sus “amigos”, pero sí reafirmó que “nosotros sí apoyamos al Gobierno de Libia”. Una postura que respalda los crímenes contra la humanidad ordenados por el difunto Muammar Gaddafi y que fueron denunciados por los países miembros de la ONU.
La postura de Chávez no es de extrañar. El gobierno autoritario de Cuba es el preferido del primer mandatario y su apoyo a los hermanos Castro no conoce límites. Si bien la relación, casi romántica, con Fidel Castro ha despertado la desaprobación de la comunidad internacional, el verdadero repudio de la política externa venezolana ha llegado por ponerse las manos en el fuego por Irán.
La cercanía entre Venezuela y la nación árabe ha despertado la desconfianza de Estados Unidos, considerando que su presidente, Mahmud Ahmadinejad, desea convertir a Caracas en un centro de operaciones para la Guardia Revolucionaria Iraní, la fuerza Quds, o de sus aliados de Hezbolá. El desagrado de los norteamericanos resulta normal, aún más cuando se prevé que comience una guerra contra Irán por negarse a detener su programa nuclear.
Ahora bien, Venezuela no es el único guardián del nido. China y Rusia también intentan ocultar las escamosas violaciones a los derechos humanos y las envenenadas intensiones de permanecer en el poder. Tal como lo demostraron al bloquear dos resoluciones del Consejo de Seguridad de la ONU que condenaban la represión en Siria.
El interés de Rusia y China por defender la “soberanía siria” no es un acto de fe en la autodeterminación de los pueblos, sino un intento estratégico por cuidarse las espaldas. A estas naciones no les interesa que la ONU pretenda intervenir en su política interna, a sabiendas de que en sus territorios se utiliza la fuerza, de manera desproporcionada, contra las protestas y el encarcelamiento de los líderes de la oposición; tal como ocurre con el disidente chino y premio Nobel de la Paz Liu Xiaobo o los recién detenidos en Moscú, Alexey Navalny y Sergei Udaltsov.
Hasta la fecha, la impunidad internacional de Rusia y China parece no tener fin. El mejor ejemplo son las últimas elecciones soviéticas, donde Vladímir Putin ha resultado reelecto, a pesar de que él mismo (y la Unión Europea) admitiera que existieron irregularidades en los comicios electorales. En lugar de repetir el proceso con unas urnas más limpias, los rusos deberán consolarse con la imagen de su primer ministro llorando frente a sus seguidores. Una escena que, en lugar de demostrar el clamor popular, resulta ser una desagradable parodia de la democracia.
No por casualidad Chávez proclamaba la reelección de Putin meses antes de realizarse las elecciones. Al parecer, todos los “amigos del régimen” estaban al tanto de lo que sucedería en las votaciones, menos los propios rusos, a quienes se les ha negado su derecho a elegir a sus líderes. Habría que preguntarse si, en Moscú, ya se ha anunciado el resultado que difundirá el Consejo Nacional Electoral en la madrugada del siete de octubre y si Putin está preparando con anticipación las cálidas congratulaciones para su homólogo caribeño. Como se dice, entre víboras se entienden.

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