13/2/10

Maldito el soldado// Por: Antonio A. Herrera-Vaillant

Todos se han apoyado en bien engrasadas alianzas de hampa callejera con gorilas de uniforme...


Latinoamérica hoy sufre una ola delictiva derivada de una marginalidad sin rumbo que se transforma en sicarios de a diez dólares.


Pero esa tragedia tiende a opacar otro problema quizás peor: El ancestral azote de fuerzas armadas que desde la independencia y en diversos países, se agavillan cual montoneras para insultar, abusar, atropellar, y depredar a sus paisanos en nombre de sucesivos caudillos


Una clásica experiencia fue con el sargento cubano Fulgencio Batista -salido de marginada condición social campesina y en fisonomía casi idéntico a ciertos zambos venezolanos- que en 1933 encabezó un motín de suboficiales que masacraron a los oficiales de carrera rendidos luego del cerco que les tendieron en el Hotel Nacional de La Habana.


Batista luego montó una dictadura militar camuflada de civil y democrática sobre una ensalada de fascismo y socialismo, con gabinetes inicialmente integrados por señalados dirigentes del Partido Comunista Cubano.


Aquel sargento convirtió lo que quedó de fuerzas armadas en corrupta guardia pretoriana personal que a la larga pudrió sus propias bases. Al final esas huestes armadas sin prestigio ni credibilidad se desmoronaron solas, colapsando sorpresivamente, sin dejar rastro de su anterior existencia.


Es irónico el destino de los Castro: quedar para semilla que apenas sirve para apuntalar a nuevos Batista en el siglo XXI.


Los émulos de aquel tosco sargento: Velasco Alvarado, Torrijos, "Cara e' Piña" Noriega, y otros del mismo corte han tenido buen cuidado de arroparse con disfraces ideológicos y rituales democráticos, acompañados de comparsas oportunistas suministrados por la fracasada izquierda tradicional.


Pero todos se han apoyado en bien engrasadas alianzas de hampa callejera con gorilas de uniforme, cobardes que sin escrúpulo atropellan estudiantes inermes por el solo delito de pensar y hablar: Tanquetas vs. Bachilleres.


Los alcahuetes de charretera que escudan su complicidad tras una supuesta "institucionalidad" evocan aquellos juicios de Nuremberg, cuando el mundo entero se rió de la frase: "Yo apenas seguía órdenes" que repetían los esbirros que martirizaron a las víctimas de Dachau, Belsen y Auschwitz. El cacareado "Reich de los mil años" del cabo Hitler había durado apenas once, sustentado por armas "institucionales".


Sobre todas esas cabezas hoy pesa un imprescriptible Estatuto de Roma de la Corte Penal Internacional, que luce inspirado en la inolvidable profecía del Libertador: "Maldito el soldado que levanta sus armas contra el pueblo que se las dio".

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