La semana pasada apareció el último sondeo de la encuestadora Keller & Asociados en donde su director Alfredo Keller, indicaba que la intención de votos hacia el presidente Chávez había disminuido entre la población, y que al superarse la fragmentación de la oposición “el candidato de la unidad aventajaba al presidente Chávez 51% a 39%”
Pocas horas después el ultraconsagrado –por los medios- presidente de una famosa encuestadora, se apresuró a sacar sus cómputos para contrarrestar cualquier matriz que pudiera surgir de la anterior revelación, y anunciaba que la evaluación de Chávez, desde luego positiva, había subido 10 puntos con respecto al mes de Julio, para ubicarse en un porcentaje que roza el 59%.
Este episodio, vivido más que todo en twitter, es sólo una pequeña muestra de lo que hasta ahora no ha pasado de ser una “guerrita de encuestas” como bien dice mi estimado amigo Manuel Rojas Pérez, pero se trata de algo seguramente destinado a escalar en magnitud en los próximas semanas y meses, y me refiero específicamente al uso intensivo de las encuestas como arma electoral de primer orden y herramienta privilegiada para crear (y criar) matrices de opinión.
Y esta escalada devenida en guerra abierta, es muy posible que no sólo se declare entre las encuestadoras “rodilla en tierra” al servicio tanto de Chávez como de la oposición, pues entre los mismos precandidatos es de esperar que se desate algo parecido, o peor, a no ser que la mesa de la unidad se manifieste capaz de tomar alguna medida al respecto: lo cual significa que lo más probable, es que la conflagración encuestológica será a muerte hasta las primarias de febrero, para alcanzar luego dimensiones apocalípticas durante la campaña presidencial…
Ante esta situación que parece indetenible, cabría preguntarse si se puede poner algún remedio o tomar alguna medida que pusiese contribuir a dosificar el inevitable grado de confusión que seguramente reinará entre los electores de aquí a poco tiempo, especialmente entre los “indecisos”, “neutrales”, “Ni-Nis” y “no alineados”: los cuatro eslabones perdidos que desesperadamente se buscará conquistar para garantizar la gloria electoral.
Por ejemplo, y para comenzar con el asunto: ¿Algún día la opinión pública tendrá el derecho a saber quien ordena y paga estas encuestas? Pues aquí en nuestro país, siempre se trata de clientes ultra secretos que como ya comenté en mi artículo anterior, no sólo están interesados en contratar la encuestas, sino que es obvio que también permiten ¿o estimulan? a los presidentes ó directores de esas compañías encuestadoras para que, usufructuando los números supuestamente irrefutables que obtienen de sus mediciones, pontifiquen a diestra y siniestra desplegando un imponente esfuerzo comunicacional cuyo objetivo es que ningún medio se quede sin difundir el augurio, o el mal augurio….
Y lo peor es que la mayoría de los medios poco hacen para impedir que estos personajes, en maniobra que no puedo dejar de ver como fraudulenta, pasen por “analistas objetivos e independientes” que, con “datos irrebatibles” recolectados en “estudios de campo rigurosamente científicos” nos describen la realidad “tal como es”, cuando en realidad son consultores o especialistas en mercadotécnica, que trabajan para sus clientes con números obtenidos de encuestas o estudios de opinión ordenados y pagados a su vez por esos mismos clientes.
Lo cual de paso no debería mover a objeción alguna si por lo menos se pudiese saber “quien es el que se baja de la mula” para sufragar estos estudios y a estos especialistas cada tres meses (como mínimo)
Segundo, ¿qué tan confiables son estas encuestas? Pues no son pocos los especialistas que dudan de cómo son redactadas las preguntas, cuestionan las variables sobre las cuales se elaboran las conclusiones, otros critican ciertos métodos como las entrevistas telefónicas, o métodos cualitativos como los focus groups, muchos afirman que con una oposición que aún no tiene candidato, no se puede responsablemente llegar a deducción alguna, se duda también, y mucho, de la cobertura geográfica, con la cual es prácticamente posible obtener “el resultado que se busca” en vista de la estratificación social asociada a cierta candidatura, además la distribución territorial también muestra esa asociación y por si fuera poco, muchas precandidaturas de oposición aún siguen siendo regionales y poco conocidas en determinadas zonas…
Además, a la hora de responder, o no responder, no se puede descartar el factor miedo, o intimidación, en una sociedad como la venezolana, dependiente en grado sumo y ahora más que nunca, de lo que pueda obtener o conservar vía paternalismo o clientelismo, de hecho, en un proyecto de investigación denominado “Valoraciones de la Democracia” iniciado por el Centro Gumilla* y reseñado el pasado sábado en el diario El Universal² se indica que en los sectores socioeconómicos C, D y E, el 42,6% teme hablar de política en su comunidad… ¿Por qué será? ¿Será porque apoyan al presidente? no parece ser esa la razón, porque según ese mismo estudio, hablan sin miedo 78,7% de los seguidores del PSUV y 79,7% de los del bloque chavista, mientras que temen tocar el tema político el 71,4% de los no chavistas…
Y estamos hablando de sectores populares, en donde sólo los sectores D y E agrupan como mínimo al 78% de la población…
En fin, las observaciones que se le han hecho a encuestas y estudios de opinión obtenidos en un ambiente tan enrarecido, crispado y politizado como el actual, no obedecen a dudas malintencionadas de por sí, se trata las más de las veces de dudas genuinas, dudas que de paso ciertos comunicadores sociales, supuestamente especializados en el área, siempre tienden a despachar con cierto apuro y manifiesta superficialidad, cuando su tarea debiera ser un poco “inquisitiva” y menos “avaladora” ¿o será que se está pidiendo demasiado en este asunto?
Es más, ¿no deberían ser los comunicadores especializados? ¿Los primeros interesados? ¿Por ejemplo en exigir una estandarización ó normalización de las preguntas más importantes y definitorias, tal como sucede en otros países? ¿Para dejar por lo menos en claro que es lo que se está preguntando? De forma que también no haya dudas sobre lo más importante, a saber ¿Qué es lo que se está respondiendo?
¿No sería interesante, para todos, comunicadores, políticos, financistas, partidos, sociedad civil y ciudadanía en general, que se promoviera la idea, propuesta por el economista Alexander Guerrero entre otros, de un código de conducta que permita un mercado de opinión sin perversidades y asimetrías? ¿Que permitiese auditar y arbitrar en caso de resultados que tuviesen alto impacto sobre la opinión pública y el interés general-público-privado? ¿O cuando exista sospecha de cartelización o poca transparencia? ¿Que establezca responsabilidad civil sobre estas cuestiones tan importantes y cruciales?
Mientras tanto, y mientras seguimos a merced de este despiadado bombardeo opinático ordenado por fuerzas invisibles, que por los momentos nadie se atreve a jurungar, la labor ininterrumpida de ciertos gurúes ilimitadamente egocéntricos, a los cuales denomino las “flauticas pavosas”, incansables en su labor de convertir todo aporte económico para la oposición en una mala apuesta, ya ha comenzado a dar “sus frutos”, con muchas campañas políticas de la oposición, especialmente en el interior, sufriendo por una irremediable falta de recursos ¿pero como culpar a esos comerciantes, empresarios, industriales de provincia? Si esos gurúes están permanentemente difundiendo la percepción de que ¡el peor negocio de este país es meterse a opositor!
Percepción que, dado este momento calamitoso que nos obliga más a sobrevivir que vivir, en donde muchos temerán arriesgarse apostando a perdedor, pudiera resultar decisiva para consolidar el salvaje ventajismo que el estado chavista obtendrá, al aplicar presión con inmoralidad inaudita e inescrupulosa, sobre determinados sectores del país productivo…
Aquí no se trata de andar con triunfalismos y buscando a como dé lugar algo que los justifique, pero tampoco se debería seguir permitiendo que la lucha política opositora, que es nada más y nada menos para combatir la satrapía, recuperar la democracia y enrumbar al país por un sendero de paz y prosperidad, se vea permanentemente alterada y desconcertada por ciertas encuestadoras y los personajes asociados a las mismas, a las cuales en estos últimos años se les proporcionó un impulso mediático tan consagratorio como desproporcionado, con propósitos que aún siguen siendo nada transparentes, al menos en cuanto a los agentes políticos patrocinantes y financiadores de las actividades de estas empresas.
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