Los dictadoresdel siglo XXItienen más trabajo ya que deben disimular
Todo cambia, como decía Heráclito, incluso las dictaduras. En el siglo XX, la persecución política era mucho más fácil para quienes querían violar los derechos humanos. Tach o Somoza, Chapita Trujillo, Pérez Jiménez, Odría, y muchos otros, no tenían necesidad de guardar las apariencias. Más recientemente, tampoco Fidel, Pinochet ni Videla. Cualquiera de ellos despachaba a sus adversarios políticos, eliminándolos físicamente, encarcelándolos sin fórmula de juicio o enviándolos al exilio.
Descaradamente, aplicaban una censura estricta a los medios de comunicación e ilegalizaban a los partidos políticos.
A pesar de que ya existía la Declaración de los Derechos Humanos y que la OEA contemplaba en sus principios los valores de la democracia, no existía suficiente presión de la opinión pública mundial para objetar los abusos de los dictadores de turno, quienes no tenían que perder tiempo en cubrir sus atropellos bajo un manto de legalidad.
Maquillaje. Ahora, los dictadores del siglo XXI tienen más trabajo ya que deben disimular. Ello se debe a que algunas personas con sensibilidad decidieron tomar cartas en el asunto y constituir ONG defensoras de los derechos humanos para quitarles el sueño a los dictadores y a quienes aspiran a imitarlos. Además, funcionarios de la OEA se percataron de que solo paseando por las orillas del Potomac no podían justificar sus sueldos y se tomaron en serio lo de la Comisión Interamericana de Derechos Humanos y lo de la Corte Interamericana. Delegados de Naciones Unidas también dejaron momentáneamente el ocio en Central Park y crearon la Corte Internacional de Justicia (La Haya). Estas medidas antidictatoriales obligaron a evolucionar a los dictadores. Lógicamente, esta evolución no era sencilla. Fue necesario que inventaran delitos para justificar los encarcelamientos, lo cual requiere de la alcahuetería de diputados, fiscales, jueces, contralores y rectores del Consejo Nacional Electoral. Había que crear, eliminar, estirar y encoger leyes. Quizá en algunos países a los dictadores les debe ser más difícil lograr estos sometimientos, pero en Venezuela a Hugo Chávez la petrochequera le facilita las cosas. Todo lo que tuvo que hacer como típico dictador del siglo XXI fue conseguir que un palafrenero le aconsejara el tipo de delito por imputar.
Inicialmente, la poca imaginación solo le permitía imputar por rebelión civil. Al poco tiempo descubrió el filón del magnicidio e inventó más de una docena, aunque nunca consignó pruebas. Ahora descubrió lo del terrorismo mediático y con ese argumento está queriendo confiscar todos los medios de comunicación que se atreven a criticar los atropellos del régimen.
Desde luego que para complacer a aquellos que piensan que si hay votaciones hay democracia, se volvió un adicto a los eventos electorales. Para ello cuenta con una mayoría de funcionarios sumisos que han diseñado una ingeniería electoral que permite distorsionar la voluntad del elector. Lógicamente, también se aplica una dosis de temor, tanto con las fuerzas armadas, como con grupos paramilitares. Ojalá todos entendamos que con maquillaje o sin él, los dictadores de antes y los de ahora son los mismos gorilas.
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