John F. Kennedy nunca habría podido imaginarse por allá en 1962, durante la crisis de los misiles Soviéticos en Cuba, que el recién erecto muro de Berlín sería derribado 27 años más tarde desde las propias entrañas de un fracasado sistema comunista. Mucho menos podía haber avizorado que casi 50 años después el mismo presidente que desde Cuba insinuaba al primer ministro Nikita Khrushchev atacar Estados Unidos nuclearmente si los imperialistas invadían esa isla caribeña (ver carta de Fidel Castro a Khrushchev del 26 de octubre de 1962), estaría vivo y encompinchado con su homólogo venezolano para retornar en pleno siglo XXI otra guerra fría, pero postsoviética.
Así es, Chávez trata de reconstruir una guerra fría en América Latina al exportar su revolución "bolivariana", su ideología comunistoide, su apoyo a las FARC y su recetario de Asamblea Constituyente, nuevas constituciones y reelección indefinida. No hay duda, que al igual que durante la Guerra Fría del siglo pasado entre Estados Unidos y Unión Soviética, el conflicto que Chávez ha traído al escenario Latinoamericano impacta las relaciones entre los países miembros de la región en los frentes político, económico y comunicacional, pero exceptuando las ridículas amenazas de Chávez a Colombia con escaso enfrentamiento militar.
También se parecen estas dos guerras frías en que las organizaciones multilaterales dejaron de tener influencia debido al derecho a veto que ejercen los oponentes. Así vemos como la OEA ha dejado de tener efectividad para resolver las crisis políticas de la región de manera similar a como las Naciones Unidas dejó de tenerla durante todo el período del "frío" conflicto entre Estados Unidos y la Unión Soviética.
Pero una de las características de la Guerra Fría con mayúscula era la convicción que tenía cada polo de que podía ser destruido por el otro. Eso generaba límites importantes al enfrentamiento. En ese sentido, Chávez y su revolución no son una amenaza creíble.
¿A quién pueden destruir militarmente? Por más que pegue gritos desde Bolivia, La Habana, Caracas o Nicaragua de que "andan tiempos de guerra en América Latina" los gringos no lo toman en serio. En ese sentido, no puede ser más acertado lo que dijo Marx al referirse a que en la historia los eventos se repiten una vez como tragedia y la segunda vez como farsa. En su esfuerzo por repetir la Guerra Fría, Chávez se ha convertido en un payaso para la gran mayoría de los sectores democráticos del mundo.
Como no le gusta que se burlen de él, se llevó su guerra a cuestas al resto del mundo y ante la ausencia de una ideología común (¿qué tienen de visión compartida los mulas iraníes que multan a las mujeres por andar en pantalones con Cilia Flores?) se ha montado en el antinorteamericanis mo para generar el "otro polo" o mejor dicho el "antipolo" en este caso. De este manojo de dictaduras electas, el aliado más cercano ha resultado ser Ahmedinejad con el que pretende una alianza "tecnológica" que no es otra cosa que convertirse en cómplice del desarrollo nuclear de ese país, violando las decisiones del Consejo de Seguridad de la ONU.
Estoy segura de que Chávez sueña con replicar en Venezuela, o echársela de que puede hacerlo, una crisis parecida a la que llevó a Estados Unidos y a la Unión Soviética al borde de la guerra nuclear en 1962. Creo que si bien no está ni cerca de llevarlo a cabo; hará el aguaje y montará el bluff. Sabe que así tendrá el chance de ponerle mayúsculas a su farsa de guerra fría para que le teman. Con lo que no contaba el Chacumbele, como lo llama Teodoro Petkoff, era con que sus sueños de poner de rodillas al imperio terminarían no fríos, como la guerra, sino más bien congelados como las cuentas bancarias de sus compinches.
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